Se encontraban todas las noches caminando uno al lado del otro... así, sin mirarse y sin dedicarse más palabras caminaban tomados de la mano. El aire frío los juntaba en cada esquina y tras varias sonrisas, de esas que cuentan menos de lo que en verdad esconden, buscaban huir a un lugar sólo para ellos dos.
Aquel lugar en el que pudieran compartir los mundos creados y conocidos por ambos; en el cual pudieran alejarse de todo y detener el tiempo aunque fuera por una noche. Rodeados de música que evoca, hablaban de otros tiempos y de otros momentos, como si añoraran volver a ellos y no precisamente compartirlos con el otro.
Sus palabras hablaban de libertades inalcanzables que sus besos desmentían. Sus ojos escondían el miedo a perder lo poco que hubieran podido ganar al compartir aquellas noches de invierno. Sus manos se entrelazaban creando relatos que jamás se hubieran podido explicar, pues sólo ellos los entendían.
Sin embargo, todo aquello se rompía al amanecer. Como si el hechizo se hubiera desvanecido con la llegada de un nuevo día y fueran únicamente unos buenos amigos que han sobrevivido a una batalla de recuerdos fantasmales que los acechan todas las noches.
Nunca se convirtió en una rutina porque eso los hubiera vuelto locos, pero dentro de sus encuentros buscaban siempre volver a aquellas cosas que los hicieran sentir cómodos y seguros de que nada pasaría, de que aquella libertad y aquellas promesas jamás se romperían.
Sus personalidades eran inequívocamente diferentes y de igual forma se complementaban en tantas otras cosas que siempre los hacía pensar en tiempos futuros. En esos tiempos que prometieron jamás llegarían. Aprendieron a existir conjuntamente sin compartir más allá de lo que estaba permitido y a la vez queriendo estar en cada suspiro y en cada respiración. Sin saberlo, estaban inmersos en aquello de lo que tanto habían querido huir.
Con el paso del tiempo seguían siendo extraños que compartían noches de nostalgia. Quizá esa fue la verdadera razón por la que momento a momento se alejaban un poco más de la verdadera esencia del otro.
Ella, cansada, sonreía distraídamente mientras él relataba un encuentro furtivo en otra ciudad. Yo los observaba desde lejos, abstraída por la belleza de la sola existencia de aquella misteriosa relación. Él, quizá más distraído que ella, no reparaba en que con cada palabra y cada nota de la melodía la iba perdiendo un poco más. Quizá sí lo hacía y simplemente la dejaba irse un poco más lejos, así no se sentiría tan culpable.
Al terminar su cerveza, tomó sus cosas y le dio un beso en la frente. No se detuvo para mirarlo, ni para intentar responder a la explicación no pedida. Subió a su bicicleta y se fue lentamente a orillas del río, cómo si esperara que él corriera detrás suyo para pedirle que nunca se fuera y ella pudiera contestarle ‘nunca me dejes ir, entonces’.
Pero no fue así.
Aún vuelvo a este parque para ver si logro encontrarlos en un mundo que crearon y que no compartieron con nadie más. Vuelvo con la esperanza de verlos felices en un escenario perfectamente inventado, en el cual casi podría pensar que no fue una gran mentira la que vivieron.
En uno de esos días nublados en los que espero que aparezcan tomados de la mano como solían hacerlo, pensé que quizá también había sido una promesa que había llegado a su fecha de caducidad. Me aventuré a pensar que en realidad únicamente estaban sólo por estar.
La realidad es que para mí, era un enigma. Un enigma traducido en necesidad; en esa necesidad inevitable y dolorosa. Aquella que todos los días duele un poco más y que, por ello, se busca siempre pretender que no existe. Los recuerdos de aquella pareja me traen un sentimiento de nostalgia y de abandono. Una sensación de soledad.... Era una soledad acompañada.
Ojalá me equivoque.